Vale la pena arriesgarse a vivir: Miguel Córdoba en una experiencia de movilidad estudiantil

Fecha: 11 julio 2016 Por:Relaciones Interuniversitarias


Siempre he creído que estamos hechos de cada experiencia que vivimos, de las decisiones que tomamos y de aquellas personas que nos rodean. A lo largo de mi vida he tenido experiencias únicas que me han marcado y me han hecho la persona que soy. Este intercambio ha transformado la manera en que veo el mundo, me ha hecho encontrar una familia con personas que, al igual que tú, tomaron la difícil decisión de abandonar su hogar, familia, su patria, su comida, por la oportunidad de descubrir lo desconocido, de aventurarse en un país como lo es nuestro México, tan bello.

Días antes de empezar los trámites que conlleva el proceso de movilidad, me pregunté si estaba seguro del paso que iba a dar, puesto que dejaría las comodidades de mi hogar, a mi familia, los amigos que siempre han sido una parte tan significativa durante mi vida, mis actividades: todo por viajar a una ciudad muy grande, donde no conocía a nadie, donde tendría que vivir solo. Me quedé unos minutos analizando aquellas cosas que podrían salir mal, encontré muchas, pero había algo que me decía "¡Dale, hazlo!". Este había sido un sueño que desde hace algunos años había querido lograr y ya era el momento de realizarlo. Oportunidades como estas no llegan de manera frecuente, así que decidí tomarla.

Al partir de Veracruz y darme cuenta que ya todo estaba empezando, me encontraba muy emocionado por conocer lo que me esperaba en los seis meses posteriores a este viaje.  

Ya una vez en el aeropuerto de Monterrey, las anécdotas empezaban: mi teléfono se había quedado sin batería, no tenía la menor idea a qué distancia me encontraba del lugar donde me iba a quedar.

Me di a la tarea de pedir un taxi. Salí, pregunté y me dijeron que había unas máquinas para poder pedir uno; tenía la dirección de donde iba a ir, así que la puse y, cuando me tocó pagar, la máquina se comió el efectivo que me quedaba. Entré en pánico por tres minutos, porque no había nadie a quien pudiera preguntarle qué hacer, hasta que apareció un ángel salvador que me ayudó y pude recuperar mi dinero para, finalmente, llegar a mi futura casa.

Durante mi estancia en Monterrey pude conocer personas de todo el mundo, que con el pasar de los días, fiestas y excursiones se convirtieron en grandes amigos, con quienes hubo aventuras, risas, diversión, recetas de cocina, latas de atún, pasta y arroz con pollo para diez personas con cooperación de 10 pesos cada quien. En una ocasión, Andrés, un colombiano que se volvió mi parcero ("compa" en español de México), preparó una receta un poco peculiar; debido a nuestro limitado presupuesto ese día, decidimos juntar nuestras despensas y poder comer rico. El menú estaba conformado de arroz con pollo (por la promoción de pollo de ese día) y papas fritas. Todo transcurría de manera tranquila hasta llegar al punto en que Andrés le coloca salsa kétchup al arroz; cabe destacar que para una persona a quien le gusta la comida y sabe cocinar un poco es de las cosas más extrañas que podía haber visto. Días después no invitó a probar su salsa especial, la cual consistía en frijoles, chiles, cebolla, salchichas y, como toque especial, kétchup. En ese momento me encontraba con dos amigos mexicanos más, Karen y Rodrigo; la reacción de los tres fue decirle al amigo colombiano que era una especie delito ponerle salsa kétchup a los frijoles. Después de debatir pros y contras, nos decidimos a probarlos (teníamos hambre y un presupuesto limitado de nuevo) y, siendo honestos, no sabían a kétchup, pero tenían muy buen sazón y más con las tortillas. No he vuelto a comer frijoles así y no creo hacerlo de nuevo, pero desde entonces algunas ocasiones le pongo kétchup al arroz.

Al visitar la universidad, nos dieron un tour, porque tratarse de un campus muy grande. Los primeros días en Monterrey me costó adaptarme a dos cosas: a encontrar mi salón de clases y  al clima tan cambiante. En mi caso me gusta el frío, pero no podía soportarlo. Hubo una ocasión en que tenía clase temprano y ese día habían pronosticado temperaturas de 4°; por lo tanto, me preparé mentalmente desde la noche anterior, me coloqué mi playera térmica, una sudadera o buzo (palabras colombianas que nunca entendí) y una chamarra gruesa. Abrí la puerta de la casa, salí unos segundos y decidí regresar a mi cama caliente.

Debo reconocer el gran trabajo que realizan los maestros, quienes compartieron sus conocimientos, la pasión y el gusto por el dar las clases; también su paciencia, ya que suelo cuestionar y compartir mis conocimientos respecto a los temas abordados. De igual manera, a mis compañeros y colegas de turismo que se encuentran con la disposición de aprender cada día más; así mismo, esa hambre de aquellos que compartieron conmigo sus sueños y anhelos. Para ellos deseo que logren todas esas metas que se propongan, pero sobre todo, que sean felices y disfruten el trabajo que realizarán.

Agradezco a mi familia por apoyarme en la realización de este  sueño, estando detrás de mí y siendo ese trampolín para llegar a ser mejor cada día, con el ejemplo que cada uno de ellos me da; a la UCC, por darme esta oportunidad, y al departamento de Relaciones Interuniversitarias, por su trabajo para que todo sucediera.

Esta experiencia es algo que repetiría. Vale la pena enfrentarse a lo desconocido, vale la pena arriesgarse a vivir.

 

Miguel Córdoba.

Alumno de la Licenciatura en Administración de Empresas Turísticas.


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